Batman V Superman

Hace ya una década que se estrenó una de las películas más polémicas y divisivas del género de superhéroes. «Batman v Superman: El Amanecer de la Justicia» no era una película cualquiera: era el momento en el que Batman y Superman iban a compartir pantalla por primera vez en el cine moderno, el supuesto golpe sobre la mesa de Warner Bros. frente a un Marvel Studios que ya llevaba años jugando con ventaja.

La ambición era descomunal. Venía de «El Hombre de Acero», una película que no había terminado de convencer, y la respuesta fue introducir a Batman para corregir el rumbo y, de paso, empezar a construir el DCEU. Sobre el papel, sonaba imbatible. En la práctica, fue otra historia.

Ya en su momento dejaba sensaciones encontradas. La versión extendida evidenció algo todavía más preocupante: no era que la película estuviera mal medida, es que había sido recortada de forma incomprensible. Lo que debería haber sido un ajuste fino se convirtió en una mutilación que dejaba agujeros narrativos por todas partes. Y cuando una película necesita una “Ultimate Edition” para que su historia tenga sentido, algo se ha torcido gravemente en el proceso.

Con el paso del tiempo, esos problemas no solo no se han suavizado, sino que se han acentuado. «Batman v Superman» ha envejecido mal. Muy mal.

Aunque no hay quejas con el diseño de producción, el de los trajes y la banda sonora, todo ese envoltorio no logra ocultar su principal debilidad: el guion. La película bien podría definirse como un ejercicio de “el que mucho abarca, poco aprieta”: un argumento excesivamente denso, intentando conseguir en apenas dos horas y media lo que a Marvel Studios le llevó casi ocho años construir narrativamente.

No es solo que sea larga o que su final llegue de forma precipitada; es que está llena de decisiones difíciles de defender. La más evidente: matar a Superman tras apenas dos películas de desarrollo. Un movimiento que pretendía ser épico y que, en cambio, se siente precipitado y vacío. No hay peso emocional suficiente, ni construcción previa que lo sostenga.

A esto se suma un problema de base: no hay una comprensión clara de quiénes son estos personajes. El Superman de Henry Cavill arrastra desde su primera aparición una carga de amargura constante. Aquí se intensifica hasta el extremo. Cuesta reconocer en él al símbolo de esperanza que siempre ha representado. Es un personaje ensimismado, casi ausente, que atraviesa la película como si todo le pesara demasiado. No es tanto una reinterpretación como una pérdida de identidad.

El caso de Batman, interpretado por Ben Affleck, funciona mejor en lo físico: es imponente, cansado, curtido. Pero también traiciona principios fundamentales del personaje, especialmente en su relación con la violencia. La película da por hecho que conocemos al mito, pero no se toma el tiempo de construir a este Batman concreto, lo que deja su arco emocional a medio camino.

Y luego está Lex Luthor, encarnado por Jesse Eisenberg. Su interpretación es, como mínimo, desconcertante. Hay momentos en los que parece pertenecer a otra película distinta, con un tono histriónico que rompe cualquier atisbo de coherencia. Más que inquietante, resulta errático.

La película, dirigida por Zack Snyder, es también un reflejo claro de sus virtudes y defectos. Tiene ideas interesantes: el enfoque sobre los daños colaterales, el conflicto político, la desconfianza hacia figuras casi divinas. Pero ninguna termina de desarrollarse. Todo avanza a trompicones, saltando de concepto en concepto, más preocupada por sembrar el futuro que por sostener su propio presente.

El enfrentamiento entre los dos héroes, que debería ser el corazón de la película, acaba siendo uno de sus puntos más débiles. No por la puesta en escena, sino por lo forzado de su construcción y resolución. Cuesta no pensar que todo el conflicto podría haberse resuelto con una simple conversación.

Y sin embargo, entre tanto ruido, hay destellos. La aparición de Wonder Woman, interpretada por Gal Gadot, es uno de ellos. Su entrada en escena tiene una fuerza que la película rara vez alcanza con sus protagonistas. También funciona el Batman de Affleck en acción, especialmente en la secuencia del almacén.

Pero no es suficiente. El último acto, con toda su destrucción y grandilocuencia, se siente más como una acumulación de ruido que como un clímax emocional. Quiere ser trascendental, pero no lo consigue.

En taquilla, la película arrancó con fuerza, pero su caída en la segunda semana fue histórica. Terminó con una recaudación global elevada, sí, pero muy por debajo de lo que se esperaba de un evento de estas dimensiones, especialmente comparada con «Capitán América: Civil War». Y eso, tratándose de Batman y Superman, ya es decir mucho.

Diez años después, lo que queda es la sensación de una oportunidad desaprovechada. Un proyecto gigantesco que quería correr antes de saber andar. Que intentó construir un universo entero sin haber entendido del todo a sus piezas principales.

Porque al final, más allá del ruido, del debate y del fandom, lo que permanece es la película en sí. Y esa película, vista hoy, para mí, sigue sin funcionar.

Como se suele decir: en la cabeza de alguien era espectacular. En pantalla, no tanto.

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Por Miss Lane

Diseñé miles de inventos revolucionarios que me habrían convertido en la mujer más rica del mundo… pero los guardé en Megaupload. Ahora dirijo esto a tiempo completo.

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