Se ha instalado una narrativa interesada alrededor de «Superman» y de unas supuestas declaraciones de Ted Sarandos, CEO de Netflix. Según esta lectura, el estreno anticipado en formato digital sería la prueba definitiva de que la película dirigida por James Gunn no fue el éxito que algunos defienden. El problema es sencillo: esa conclusión no se sostiene ni en los datos ni en las palabras reales de Sarandos.
Conviene empezar por lo básico: Ted Sarandos no ha dicho que “Superman”fuera un fracaso. Tampoco ha afirmado que “le fue mal” ni que su paso a digital fuera una retirada forzada. Lo que sí ha hecho —y esto es clave— es describir un procedimiento habitual de la industria: cuando una película no alcanza exactamente el rendimiento esperado según las previsiones internas, se ajustan las ventanas de exhibición. Ajustar no es castigar, y desde luego no equivale a fracasar.
La industria cinematográfica no funciona en términos binarios. No existen solo dos categorías —éxito absoluto o desastre—, sino una amplia gama de resultados intermedios. Una película puede ser rentable, sólida y bien recibida, sin convertirse en un fenómeno extraordinario. Y eso, precisamente, es lo que indican los datos de “Superman”.
La película permaneció 84 días en cartelera, una cifra que por sí sola desmonta el relato del fracaso. Para ponerlo en contexto, “Sinners” estuvo 92 días en cines. Ocho días de diferencia no marcan una frontera entre el éxito y el hundimiento; marcan, como mucho, una optimización estratégica. Las verdaderas decepciones comerciales no se mantienen cerca de tres meses en salas: salen antes, mucho antes.
Además, hay un detalle que muchos están omitiendo deliberadamente. Sarandos cita “Superman”como ejemplo positivo dentro de su defensa del estreno en salas. No la menciona como advertencia ni como error, sino como parte de un modelo que Netflix —tras su acuerdo con Warner Bros.— afirma respetar y preservar. Resulta difícil sostener que alguien use una película “fallida” como argumento a favor del cine tradicional.
Entonces, ¿qué ocurre realmente? Lo más probable es algo mucho más mundano y menos útil para la polémica: “Superman” no fue el megaéxito desbordante que quizá Warner esperaba internamente, eso lo sabemos todos, pero sí fue lo suficientemente fuerte como para mantener una larga presencia en cines y justificar una transición ordenada al formato digital. Eso no es una anomalía ni una rectificación vergonzante; es gestión normal de un producto exitoso dentro de márgenes realistas.
La confusión —o la manipulación— surge al equiparar “no cumplir el máximo de expectativas” con “fracasar”. Son cosas muy distintas. Y esa confusión no es inocente: responde más a agendas narrativas que a análisis objetivos.
A todo esto, se suma un patrón que ya resulta difícil de ignorar. Cada nuevo dato, cada declaración parcial o cada ajuste industrial es utilizado por algunos sectores para intentar presentar a James Gunn como un mentiroso, no desde el análisis, sino desde una insistencia casi enfermiza. No se trata de contrastar información ni de debatir modelos de negocio, sino de forzar una narrativa previa en la que cualquier matiz se convierte en prueba de engaño. El problema no es la crítica —necesaria y legítima—, sino la voluntad reiterada de deslegitimar a una persona incluso cuando los hechos no acompañan ese relato.
En definitiva, las declaraciones de Ted Sarandos no desmienten a James Gunn ni reescriben el recorrido comercial de “Superman”. Lo que hacen es confirmar algo que rara vez genera titulares: el éxito no siempre es absoluto, y aun así sigue siendo éxito. Todo lo demás es ruido.
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